Reflexión social: El comportamiento de los políticos haitianos hacia la población

17 de noviembre de 2025

En Haití, la política no es solo un ejercicio de poder; para muchos, se ha convertido en un refugio, una profesión, una carrera personal donde el interés público queda relegado a un segundo plano. Durante décadas, el comportamiento de los políticos haitianos se ha alejado de su misión principal: proteger, elevar y defender al pueblo.




El político haitiano mantiene una relación problemática con la sociedad. Una relación marcada por promesas incumplidas, distanciamiento, desprecio velado o manifiesto y una profunda falta de responsabilidad. En lugar de ser un guía, con demasiada frecuencia se convierte en un individuo calculador, un vendedor de ilusiones, un actor que no se siente responsable ni ante el pueblo ni ante la historia.


Pero existe otro fenómeno aún más corrosivo:


La transformación del activismo en una carrera política tóxica


Muchos políticos haitianos comenzaron como activistas sociales, defensores del pueblo y portavoces de los oprimidos. Clamaban por "justicia", "cambio" y "dignidad". Pero una vez integrados al sistema, este activismo se transformó en ambición personal, privilegios y acceso al Estado como si este fuera una recompensa.


En lugar de servir, se sirven a sí mismos.

En lugar de defender a la Nación, luchan por su lugar en el caos.

El activista se convierte entonces en un político profesional, desconectado del sufrimiento popular, pero hábil en el arte de manipular discursos para enmascarar su inacción.


Y sin embargo, a pesar de los repetidos errores, a pesar de los fracasos evidentes, a pesar de las sucesivas traiciones, se aferran a la esperanza.

Para qué ?


Porque en Haití, la política ya no es una vocación; se ha convertido en un refugio económico, un medio de ascenso social, un espacio de impunidad.

Porque el Estado es tratado como una empresa privada donde cada puesto se convierte en una fuente de beneficios, cada mandato en un salario y cada función en un área de explotación.

Porque el fracaso no tiene consecuencias.

Porque el sistema lo perdona todo, excepto la voluntad de cambiarlo.


Esta obstinación por permanecer, a pesar del fracaso, no es una señal de convicción; es prueba de una dependencia de un sistema que alimenta las ambiciones pero mata de hambre al país.

Se aferran a ello porque la política les garantiza lo que la sociedad no: estatus, ventajas, una puerta de entrada a la impunidad y la supervivencia personal.


Mientras tanto, la población observa, espera, y luego se resigna.

Y en esta resignación, algo precioso se desmorona: la confianza.


Cuando los líderes mienten, manipulan, prometen y luego desaparecen, no solo se derrumba el Estado: se derrumba la dignidad colectiva.

Es la capacidad de las personas para creer en un futuro posible.


Sin embargo, no todo está perdido.

El país aún cuenta con una juventud dinámica, una diáspora decidida y una sociedad civil resiliente.

La transformación debe comenzar con una revolución moral, una reconstrucción de la relación con el poder y una redefinición del liderazgo.


Porque a Haití no le faltan personas talentosas; le faltan hombres y mujeres capaces de amar al país más que a sí mismos.

El verdadero cambio no vendrá de quienes se aferran al sistema, sino de quienes tienen el valor de romper con él.


Remy Junior

Fuerza Nacional de Cambio
Reflexión social: El comportamiento de los políticos haitianos hacia la población
Esquema de una política juvenil

© Copyright 2025. Fuerza Nacional de Cambio. Reservados todos los derechos